sábado, 16 de abril de 2011

El Triduo Sacro

El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque para nada hubiera servido la creación si no hubiera habido la salvación.
Cristo se hizo nuestro Cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar a la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su “Suma Teológica” (IIIa parte, cuestión 66, 4).
La Semana Santa es la Semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
La Pasión significa los sufrimientos y la muerte de Cristo en la Cruz. Pasión, Redención, Salvación y vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, la Cruz y la muerte de Cristo no hay salvación para ti, pecador ingrato.



Cristo acepta ser maltratado, para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.
Cristo acepta gustar la tremenda sed de la crucifixión; acepta gustar la muerte amarga de la Cruz, para que tú no gustes la sed eterna de Felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la Cruz para que tú no seas deshonrado y confundido en el día del Juicio Final.
Y tú, hijo ingrato, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los utilizas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?

Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, Semana de Luto, Semana de la Muerte del Hijo de Dios; tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágrimas.
El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librarte. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo a tus hijos para que sean agradecidos con su Salvador.

La Sangre que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Es Dios mismo Quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados” (Hebreos, 9, 22). Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados...” (Efesios, 1, 7).



Sobre todo no digas que no has pecado y no necesitas del perdón. Si lo dijeras, manifestarías tu gran ceguedad e ignorancia. “Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: «No hemos pecado», lo hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros” (I San Juan, 1, 8).

El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. Él se ofrece el Viernes Santo en Sacrificio propiciatorio por ti. Sólo, mediante la Sangre de Cristo, puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la "tiranía del demonio.
Y en estos días durante los cuales Cristo está en los tormentos de la Cruz para merecerte la salvación, tú, pecador necesitado, tú te vas a la playa, a pasearte, divertirte, quizás a acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despiértate, hermano mío, despiértate de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor! ¡Actúa como católico verdadero!



Ve al templo a ver y a escuchar lo que en tu lugar está padeciendo Cristo. Has de saber que la ingratitud atrae el castigo de Dios más bien que su misericordia. No seas, pues, ingrato sino agradecido.
La gratitud cristiana consagra el Triduo Santo para conocer más lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo por nosotros e impulsarnos a la penitencia, a la sincera conversión y a la enmienda de nuestra vida tibia y mediocre.



El Jueves Santo es el día en que el Señor Jesús antes de ir a su Pasión te dejó el Memorial de su Muerte. Para aplicar los frutos de su Pasión a tu alma, instituyó el Sacramento de su Amor que es la Sagrada Eucaristía y el Sacerdocio para consagrarla. Él dijo: “haced esto en memoria mía”, para recordarnos lo que padeció por puro amor hacia los ingratos que somos; para comunicar a nuestras almas la santidad y el remedio contra el pecado mediante la digna recepción de su Cuerpo.
Y ¡tú irías a divertirle en ese día! No sabes que Cristo dijo: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida Eterna y Yo le resucitaré el último día. Porque mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre esta en Mí y Yo en él” (San Juan 6, 54-56). Y tú que pretendes ser discípulo de Cristo ¿por qué te privas del Pan celestial que sana, purifica, santifica y pacifica tu alma y tu hogar? Si por tu culpa no aprovechas del remedio que Cristo te ofrece ¿por qué te quejas de tener problemas en tu vida, fami¬lia y trabajo?

El Viernes Santo es para que grites con y en la Iglesia misericordia para ti mismo y para todo el género humano. El Viernes Santo es para que participes en las exequias de Cristo, escuchando el Evangelio de la Pasión y las Siete Palabras que son las últimas recomendaciones de Cristo, Nuestro Redentor.
Aprovecha el Viernes Santo para confesar con lágrimas tus iniquidades, lavar tu alma de la lepra del pecado con la Sangre de Cristo, participar en la Pasión de tu Salvador, para tener parte con Él en su victoria.
El Viernes Santo, sufrió Cristo para merecerte el ser librado del pecado que es el más horrible cáncer que pueda existir, y del infierno, que es la más grande de las desgracias.

Y tú ¿irías de vacaciones con tantos otros neo-paganos quizás para matarte en el camino de la ingratitud? El Viernes Santo es para que hagas el Vía Crucis, medites lo que padeció por ti tu Señor, para darte cuenta de lo que merece el pecado.
Lee los últimos capítulos de San Mateo, Marcos, Lucas y Juan, o ve la Pasión de Mel Gibson para que te des cuenta del precio que Cristo pagó para librarte del poder del pecado y del demonio y hacerte hijo de Dios. El Viernes Santo es día de ayuno y penitencia, silencio y lágrimas y no día de playa y placeres.
El Sábado Santo es día de Luto. Hombres y mujeres deberían vestirse con ropa de luto para acompañar a la Santísima Madre de los Dolores. El Sábado Santo debería servir para meditar con espanto lo que merece el pecado, porque si al Justo que cargó con nuestros crímenes así se lo castiga, ¿que será del culpable si muere con su pecado?
En resumen, hermano mío, escucha a Dios mismo que dice a cada uno de nosotros: “No tardes en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de venganza acabará contigo” (Eclesiástico, 5, 8.).
Aprovecha la Semana Santa para convertirte al Señor, porque la sincera conversión y el verdadero arrepentimiento aseguran el Perdón de los pecados; dan la Paz al alma y, al fin, la Vida Eterna.



Tomado del boletín dominical “Fides” Nº 900, año 2010.

http://statveritasblog.blogspot.com/2011/04/la-semana-santa-semana-de-vacaciones-o.html

miércoles, 6 de abril de 2011

El Juicio Particular y el Juicio Universal

El Juicio Particular o Juicio del Alma
Al morir, tendremos un Juicio Particular. En este juicio nos encontraremos ante Jesucristo y ante nuestra vida: todos nuestros actos, palabras, pensamientos y omisiones quedarán al descubierto.

Suena dramático, pero es real. Si nos encontramos en gracia de Dios, nuestra eternidad feliz empezará en ese momento. Si morimos en una actitud de rechazo total y voluntario a Dios, en pecado mortal, entonces empezará para nosotros el castigo eterno, el infierno.

La muerte pone fin a la vida temporal del hombre. Pone fin también al tiempo que Dios nos da para decidirnos a la aceptación o al rechazo de la gracia divina otorgada en Cristo (Tim 1.9 - 1.10).
Dios es Juez supremo, aquel que crea en Jesucristo no puede negar la existencia del juicio de Dios.

Algunos protestan contra el juicio de Dios, reniegan de Dios acusándolo de ser juez. Se trata de una antigua tentación. Nuestros primeros padres comieron del árbol del conocimiento del bien y del mal, queriendo hacerse ellos mismos los jueces supremos sobre la moral.



Juicio Universal o Juicio Final

El Juicio Final lo tendremos al final de los tiempos, cuando Jesús vuelva a venir glorioso a la Tierra. En él, todos los hombres seremos juzgados de acuerdo a nuestra fe y a nuestras obras.

La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores”, precederá al Juicio Final. Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación (Juan 5.28 - 5.29).

En el Evangelio según San Mateo 25.31 - 25. 46: Lo que sucederá ese día, de acuerdo con la narración de Jesucristo, será como un examen de aquello que nos caracteriza como personas humanas: nuestra capacidad de amar. En ese día saldrán a la luz todas nuestras acciones y se verá el amor hacia los demás que pusimos en cada una de ellas. Este amor será el que nos juzgará:

"Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…"
"Id malditos al fuego eterno… porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…"

Al fin del mundo Cristo aparece no en figura de siervo. sino en la gloria de la Resurrección y Ascensión. La vuelta de Cristo significa, por tanto, la revelación total del amor divino aparecido en Cristo. Siendo que esta definitiva manifestación de Cristo es a la vez juicio. Cristo viene como juez.
El mundo será juzgado por El al fin de los tiempos. En este juicio final los juicios particulares no serán ni revisados, ni anulados, ni declarados definitivos; desde el primer momento son definitivos. En el juicio final serán confirmados.

Al juicio final están sometidos los malos y los buenos (I Pedro. 4.14 - 4.17).
Pero tiene significación distinta para los pecadores y para los buenos. Para los buenos significa confirmación de su comunidad con Cristo, para los pecadores significa condena y condenación. Para unos es juicio de gracia y de salvación y para otros es juicio de maldición.

Ningún acusador tendrán los buenos (Romanos 8.31 - 8.34; Apocalipsis. 12.10).
San Juan dice en el Apocalipsis que a Satanás se le arrebatan para siempre los plenos poderes que le habían sido concedidos para acusar ante Dios a los "hermanos" a los cristianos mientras duraba la historia. Por ser hijos de Dios son conciudadanos de los santos y domésticos de Dios (Efesios 2. 19). Los elegidos de Dios no tienen por qué preocuparse de que un malvado los denuncie a Dios. San Juan oye el júbilo de los bienaventurados porque se ha puesto fin a las calumniosas acusaciones del diablo. Cuando Cristo venga a juzgar no habrá por qué tener miedo a los delatores. Nadie los acusará. A los ateos, el juicio les acarreará desgracia y condenación, pero para los amigos de Dios será juicio de salvación y de gracia.
En cuanto más se multiplicaron los pecados dentro de la Iglesia, tanto más tuvo que acentuar la Iglesia la seriedad del juicio. Y así empezaron los creyentes a hacerse la angustiosa pregunta: ¿Qué responderé yo, miserable? (Dies Irae)

Nuestro Señor Jesucristo nos aclaró que ni siquiera Él conoce el día ni la hora en que se llevará a cabo el Juicio Final, sino sólo Dios Padre. Así que no debemos dejarnos engañar por personas que pretenden conocer la fecha del fin del mundo. No debemos preocuparnos por intentar conocer esa fecha, sino sólo por estar siempre bien preparados, pues no sabemos en qué momento sucederá.



Finalmente del Catecismo Mayor de San Pio X

127.- Si todos, inmediatamente después de la muerte, hemos de ser juzgados por Jesucristo en el juicio particular, ¿por qué todos hemos de ser juzgados en el juicio universal? - Hemos de ser juzgados todos en el juicio universal por varias razones:
1ª., para gloria de Dios; 2ª., para gloria de Jesucristo; 3ª., para gloria de los Santos; 4ª., para confusión de los malos; 5ª., finalmente, para que el cuerpo tenga con el alma su sentencia de premio o de castigo.
128.- ¿Cómo se manifestará la gloria de Dios en el juicio universal? - En el juicio universal se manifestará la gloria de Dios, porque todos conocerán con cuanta justicia gobierna Dios el mundo, aunque ahora se ven muchas veces afligidos los buenos y en prosperidad los malos.
129.- ¿Cómo se manifestará en el juicio universal la gloria de Jesucristo? - En el juicio universal se manifestará la gloria de Jesucristo porque habiendo sido injustamente condenado por los hombres, aparecerá entonces a la faz de todo el mundo como juez supremo de todos.
130.- ¿Cómo se manifestará la gloria de los Santos en el juicio universal? - En el juicio universal se manifestará la gloria de los Santos porque muchos de ellos, que murieron despreciados de los malos, serán glorificados a la vista de todo el mundo.
131.- ¿Cuál será en el juicio universal la confusión de los malos? - En el juicio universal será grandísima la confusión de los malos, mayormente la de aquellos que oprimieron a los justos o procuraron en vida ser estimados como hombres buenos y virtuosos, al ver descubiertos a todo el mundo los pecados que cometieron, aun los más secretos.

Fuentes:


http://es.catholic.net/conocetufe/424/903/articulo.php?id=1574
http://www.corazones.org/diccionario/juicio_alma.htm
http://www.mercaba.org/FICHAS/ESCATO/juicio_final.htm
CATECISMO MAYOR DE SAN PIO X

lunes, 21 de marzo de 2011

El Papa nombra a un delegado para el vicariato de Sucumbíos en Ecuador

Ya dicen los periodistas que el Vaticano "dio su brazo a torcer" y puede que las declaraciones del Monseñor Arregui (algo ambiguas) se presten para confusiones, sin embargo la noticia tal cual es, aparece en la agencia de noticias católica ZENIT.

Es decir que su santidad el Papa, no cedió ante el satánico Correa, sino, que mas bien, hace uso de su autoridad exclusiva en los asuntos de la Santa Iglesia.
A continuación la noticia

El papa nombra a un delegado para el vicariato de Sucumbíos en Ecuador

Será representante de esa circunscripción ante el gobierno

QUITO, lunes 21 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha nombrado a monseñor Angel Polivio Sánchez Loaiza, obispo de Guaranda y secretario general de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, como delegado pontificio para que sea el representante del vicariato apostólico de San Miguel de Sucumbíos ante el Gobierno nacional y para ayudar en las tareas pastorales de ese Vicariato mientras no se provea otra cosa.

La noticia ha sido confirmada este lunes por la página web de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (http://www.iglesiacatolica.ec).

El anuncio tiene lugar después de que en octubre pasado la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana anunciara que el papa nombró como administrador apostólico del vicariato, mientras se encuentra vacante la sede Sucumbíos, al padre Rafael Ramón Ibarguren Schindler, EP, actual capellán y asistente espiritual del colegio Heraldos del Evangelio Internacional de Asunción en Paraguay.

Benedicto XVI había aceptado la renuncia, por límite de edad, presentada por monseñor Gonzalo López Marañón, carmelita descalzo español de 77 años, vicario apostólico de Sucumbíos, en Ecuador, según anunció la Oficina de Información de la Santa Sede el 30 de octubre.

El padre Ibarguren nació el 26 de junio de 1952 en Buenos Aires (Argentina); fue ordenado diácono el 8 de diciembre de 2004 en Avezzano (Italia) y sacerdote el 15 de junio de 2005 en la Basílica del Carmen en Sao Paulo (Brasil). Pertenece a la sociedad clerical de Vida Apostólica Virgo Flos Carmeli.
La sustitución de un religioso carmelita por un sacerdote de esa familia religiosa fue criticada por el presidente de Ecuador, Rafael Correa, quien amenazó con vetar la designación del futuro obispo.

Al dar la noticia en una entrevista con el noticiero de radio Sonorama, monseñor Antonio Arregui, presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, afirmó: "El Santo Padre ha intervenido enviando un obispo que es nuestro, de una diócesis nuestra, que tiene el importante cargo de ser el secretario general de la Conferencia Episcopal, para que represente al vicariato ante el Gobierno".

"No significa propiamente una marcha atrás, eso es una lectura apresurada, significa un robustecimiento de la situación a favor de la paz", aclaró monseñor Arregui.

El presidente del episcopado aclaró que el padre Ibarguren nunca fue nombrado obispo de Sucumbíos sino administrador apostólico con encargo temporal. Esto no se ha modificado, explicó, puesto que monseñor Sánchez entra como colaborador de esa tarea pastoral.

Monseñor Angel Polibio Sánchez Loayza nació el 10 de septiembre de 1946, en Ayapamba provincia de El Oro. El 25 de noviembre de 2004, Juan Pablo II lo nombró obispo de la diócesis de Guaranda. En abril de 2008, la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal lo nombró secretario general para el periodo 2008-2011.

Fuente:
ZENIT

sábado, 19 de marzo de 2011

Solemnidad del Patriarca San José, Patrono de la Iglesia Católica



Emprendemos el estudio de San José con veneración, con respeto, casi sin ruido, dispuestos a escuchar el callado rumor de un alma que embelesa. No es la suya una vida que se deslíe en el tiempo. Si nos limitásemos a ver al Santo Patriarca únicamente tras los tenues y velados acaecimientos de la historia, no sabríamos comprender el significado de su paso por la tierra. El perfil de su figura perdería peso, quedaría apenas dibujado de no ampliar nuestro horizonte hasta más allá de lo visible. Hay vidas que aturden por el estruendo de sus hechos de un día. Son simple anécdota, emoción fugitiva. Otras, en cambio, se deslizan con levedad, con la gracia apacible de un remanso. A primera vista parecen decir muy poco; pero si ahondamos, si sabemos deletrear su sublime abecedario, nos quedamos absortos ante el deslumbramiento. Tal es la vida del humilde artesano de Nazaret. En ella, con murmurio de colmena, el hervor resuena dentro.

San José es un abismo de interioridad. Mientras su cuerpo reluce como dechado de templanza, su alma, preparada para recibir comunicaciones divinas, se nos presenta como un trasunto del paraíso, como un reino de armonía, semejante a una lira pulsada por la mano de Dios. Respira cielo. Vive en la cumbre de todas las elevaciones. No en vano tuvo a Jesús en sus brazos, le meció cuando pequeño, se oyó llamar padre por la Sabiduría y sintió el derretimiento producido por la contemplación de aquel Niño en cuyas manos había florecido la pluralidad del universo. Por algo bebió durante una treintena de años en los ojos, en la sonrisa de su Hijo adoptivo el agua transparente que salta hasta la vida eterna. ¡Misterio inenarrable! No podemos llegar hasta nuestro Santo con las manos vacías. Para entenderle tenemos que llenarnos de perfecciones, afinar nuestros sentidos espirituales y añadir una nueva vibración a nuestro lenguaje. A su lado nos sentimos muy pequeños. Pero su amabilidad, reflejo angélico, nos anima, nos atrae, nos alienta con una ternura acogedora. Lleguémonos, pues, a la orilla de su vida con amor, con el mismo amor con el que los evangelistas, los doctores, los teólogos nos hablaron, nos siguen hablando de Él.

Desde que San Lucas y San Mateo nos delinearon los trazos definidores de la figura del Patriarca, los Santos Padres, los escritores eclesiásticos, los predicadores se han ido acercando paulatinamente al Santo con un afán cada vez más firme de intuir el misterio de su vida sencilla. Los primeros siglos dejaron un tanto en la penumbra el nombre de San José, atraídos por la luz irradiante de Jesús y de su Madre. Así lo exigía la realidad de entonces. Pero a medida que avanzaba el tiempo, la semilla de las Escrituras, las lecciones de San Jerónimo, de San Ambrosio, de San Agustín y de otros santos fructificaron de tal suerte a través de San Bernardo, de San Alberto Magno, de Santo Tomás de Aquino, que las generaciones de fines de la Edad Media y de las épocas siguientes pudieron entregarnos el valioso depósito de sus enseñanzas en libros llenos de entusiasmo y de doctrina. Así empezó a cobrar la vida de San José nuevo color y calor nuevo. Por momentos se iba interpretando más y mejor el río de su alma y día a día se agigantaba su personalidad adquiriendo dimensiones de amplitud teológica que sobrepasaban los límites de una simple hagiografía. De este modo surgió una literatura josefina prestigiada con los nombres de Gersar, Holano, San Francisco de Sales, Bossuet, el cardenal Vives, Lépicier, Sauvé, Renard, Michel y tantos más que descubrieron en la vida del Patriarca facetas de una magnitud insospechada. Por su parte Faber, verdadero poeta en prosa, supo extraer, con profundidad y maestría, un exquisito panal de belleza escondido entre los pliegues de Belén, centro de la humildad más encantadora y humana.



En este concierto de voces jubilosas, la aportación de España tuvo una especial trascendencia. Los dominicos con San Vicente Ferrer, los franciscanos con fray Bernardino de Laredo, los jesuitas con los padres Suárez y Rivadeneyra, los sacerdotes seculares con el, Beato Juan de Avila ensalzaron las virtudes sobrenaturales del Santo en un alarde de confortadora agudeza. Y esto sin olvidar a los poetas, sin dar de lado el lirismo de Valdivielso, de Lope, de Antonio de Mendoza, de González Carvajal, ni el valor dramático de Guillén de Castro en su comedia ennoblecida con el título de El mejor esposo.

¿Cómo iban a callar quienes podían oír en la vida del santo artesano las notas estremecidas de un celeste poema? Todo se renovaba gradualmente en torno suyo. Fue, sin embargo, la espiritualidad carmelitana la que dio el toque definitivo, la que hizo triunfar, dentro y fuera de nuestras fronteras, la devoción al humilde Patriarca. Santa Teresa fue la moldeadora del prodigio. Ella tomó a San José por abogado, cantó sus excelencias, comenzó bajo su protección las Fundaciones y puso al cobijo de su nombre los primeros portalitos. Belén resplandecía. Los conventos teresianos aprendieron de su fundadora a confiar en el patrocinio del santo más bondadoso. ¡Está tan cerca de la fuente de la bondad! A partir de este instante los escritores carmelitas aquilataron hasta lo más fino su juicio y ganaron en penetración y en altura al analizar con moroso y amoroso detalle las prerrogativas del padre nutricio de Jesús. Díganlo, si no, las idílicas descripciones de fray José de Jesús María y el acabado estudio del padre Jerónimo Gracián, digno de conservarse como un precioso legado.

No podía detenerse en nuestros días este impulso ascensional. Una trayectoria tan fecunda en trabajos de primera línea necesitaba conservar indemne su juventud, su vigor teológico. Así ha sucedido. La bibliografía se ha visto incrementada con las obras del obispo de Oviedo Luis Pérez, del padre Bover y de otros especialistas hispánicos cuyas investigaciones han venido a enriquecer con valores nuevos y nuevos eslabones la cadena áurea de tratados aderezada con el broche singular de la Teología de San José escrita por el padre Llamera.

Pero no es esto todo. Aún podemos agregar, como síntoma esclarecedor de este grato clima, el ejemplo del fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, colocando sus instituciones a la sombra del Santo de Nazaret, y la aparición de la revista de Estudios Josefinos, mantenedora del fuego de un amor siempre en hoguera.

Con tales antecedentes no es extraño que el culto de San José haya llegado a alcanzar proporciones inusitadas. Lo pedía el clamor de las naciones. Pronto recogieron y encauzaron con sabia mano esta devoción los Romanos Pontífices, nombrando a San José Patrono de la Iglesia universal por el decreto Quemadmodum Deus de Pío IX, proclamándole abogado de los hogares cristianos en la jubilosa encíclica Quamquam pluries de León XIII y presentando al Patriarca como modelo de las familias pobres y trabajadoras en el "Motu proprio" Bonum sane de Benedicto XV. Fijémonos en que siglos antes Nueva España se había visto favorecida con una bula pontificia dirigida a premiar el buen espíritu de los vecinos del Yucatán y que, en 1679, Inocencio XI confirmaba sus letras apostólicas al patronazgo de San José sobre todos los dominios españoles. Esta España nuestra ha tenido la virtualidad de entronizar a San José en lo más entrañable de los hogares con el cariño de quien forma parte de la misma familia.

Una tradición tan amplia y persistente debía responder a un hondo fermento y afirmarse en sólidos motivos. No se explicaría de otro modo su universalidad. Algo bulle en San José que lo acerca a nosotros, que lo humaniza, que nos permite gustar como una golosina el sabroso regalo de los santos. Algo vive también en el fondo de su alma que lo eleva, que nos arrastra hasta regiones donde no llega el planear de las águilas. Dispongámonos a seguir el hilo de su vida en el tiempo y el ritmo de su alma allí donde calla el rumor de las cosas. Penetremos en el Sancta Sanctorum de una existencia tejida por entero con copos blancos. Preparémonos, en suma, a aprender con San José, en su silencio, un idioma ecuménico, idioma ultraceleste, formado por una palabra única, la Palabra, pronunciada junto a una cuna la noche inenarrable de Belén.

Las dos únicas fuentes inspiradas, canónicas, que nos dan a conocer con veracidad absoluta la persona y la vida del Santo Patriarca son los evangelios de San Mateo y de San Lucas. Dirigido el primero a convertir el alma de los judíos, y el segundo, discípulo de San Pablo, a atraer el corazón de los gentiles, ambos se presentan constelados por narraciones de insólita belleza. San Mateo parece que siente una llamada especial por los episodios dramáticos, movidos, a veces suntuosos. Es el evangelista de la congoja de San José, de los Magos cargados de ofrendas, de la huida a Egipto en medio de asechanzas. Pero en San Lucas encontramos la escena más esencial, la que puede calificarse como piedra clave del Evangelio de la Infancia, informado por testigos presenciales, habiendo oído probablemente de labios de la misma Madre de Jesús el relato conmovedor de los misterios de Dios hecho Niño, sólo en las páginas de San Lucas podemos saborear el celeste cuadro de la noche navideña. San Lucas es como el pintor de las pinceladas luminosas, líricas, musicales. Su evangelio de los días niños es una eclosión de cánticos, de himnos, de cromatismo translúcido. Nos alucina con la escena de la Anunciación, blanca como el ala de un ángel. Nos mece con la luz indefinible de la noche santa. Nos transporta con la himnodia del Magnificat, del Gloria in excelsis, del Nunc dimittis, del Benedictus. Nos lleva de la mano al templo los días de la Circuncisión, de la Purificación de Nuestra Señora, del Niño gozosamente encontrado. ¿Quién como él ha podido sorprender el silencio de aquella casita de Nazaret, recostada al pie de una colina? Alma de poeta y de artista, San Lucas ha inmortalizado las dos aldeas más familiares, la que sirvió de cuna al Rey de los Reyes y aquella otra en la que fue creciendo, como hombre, en gracia y en sabiduría delante de Dios. Al socaire de su relato, Belén y Nazaret adquieren una luminosidad ultraterrena. En el fondo de estas estampas evangélicas plenas de delicia, no falta nunca la noble presencia del Patriarca bienaventurado.

Veamos ahora lo que nos dice el acendrado poema de su vida. Nada conocemos de sus primeros días, de su infancia, de su adolescencia, de sus ensueños. Ignoramos hasta el lugar de su nacimiento. El mutismo de los sagrados textos es aquí total. Podemos, sin embargo, pensar que, aun oriundo de Belén la real, su cuna se meció en Nazaret, que tenía nombre y aroma de flor. Lo que sí sabemos con certeza, a través de la genealogía de Jesús, puntualizada por San Mateo y San Lucas, es la prosapia y el nombre de nuestro Santo. Procedía del linaje de David, como la Virgen, y, al igual que el patriarca del Antiguo Testamento, figura suya, se llamó José, nombre que anunciaba con acento misterioso un creciente brote de virtudes y de dones en el Niño que acababa de nacer.

Pasan después los años, muchos años, alrededor de cuarenta, sin referencia alguna, en la mayor oscuridad. Pero como el gusano en su capullo, la paloma preparaba ya sus alas. Llega, por fin, el día en que San José se incorpora a la historia y le vemos pasar cumpliendo su misión excelsa en camino o en reposo, en oración o en trabajo, siempre junto al Niño, siempre al lado de la Esposa, siempre humilde, callado siempre, dándonos una lección perenne de amable, de acogedora santidad.

Su vida se desenvuelve desde ahora en la verdeante Nazaret, entre canciones de aguas y olores de pinos, en una región de viñas y terebintos, al amparo de aquella pequeña aldea que, muy en su punto, se adornaba con un nombre tan fragante. Allí trabajaba el descendiente de reyes en su modesto oficio de carpintero. Allí se desposó con la flor más bella a quien rendían acatamiento todas las azucenas del mundo. Difícil sería enumerar los merecimientos de aquella virginal doncella. Más limpia que el rayo de luna, más blanca que la nieve incontaminada de las cumbres, María era un reino de dulzura, de humildad, de ensimismamiento. Los ángeles la servían y aprendían de ella mientras meditaba el misterio de la Encarnación, absorta al contemplar dentro de sí aquel Niño, futuro Enmanuel, anunciado por el arcángel.

San José se miraba en aquella mirada que tenía la insondable serenidad de un lago. Leía el libro de la perfección en aquellos ojos. Era feliz.

Fue entonces cuando experimentó la primera y no esperada congoja. Es que Dios prueba a sus amigos en fuego de tribulación hasta darles el mejor temple. Y a excepción de Nuestra Señora, ¿quién más preparado que José para gustar estos sabrosos sinsabores? El que iba a ser padre nutricio de un Niño después crucificado necesitaba probar de antemano el acíbar del Calvario. ¿Cómo analizar la magnitud de aquel sufrimiento? ¿Cómo medir la grandeza de esa aflicción? El Eterno sabe acendrar hasta el último cuadrante el alma de sus santos. Por el dolor se sube al amor. Por el fuego del infortunio se asciende a la llama clarificada de la visión divina. Sufría la Virgen. Sufría José. Pero ambos pusieron en Dios su confianza, la delicadeza y el silencio fue la norma de su conducta y no tardó en llegar la hora del íntimo gozo, la hora del blanco mensaje. Un ángel trajo el anuncio: "No temas recibir a María... porque lo que en ella ha nacido viene del Espíritu Santo". La faz de San José se iluminó con arrobo, su alma se llenó de gratitudes.

A partir de este momento la vida de San José adquiere rasgos cada vez más definidos y se afirma y se pule con una espiritualidad que tiene el hontanar en el fondo de su alma. Una triple misión se le asigna: la de ser imagen del Padre, custodio de la Sagrada Familia y artesano diligente en su taller. ¡Y con qué decisión lo cumple entre gozos y congojas que le perfeccionan! Leer las jornadas de su peregrinación es como abrir un libro sabio en enseñanzas. Sufre el dolor humilde del pesebre, la aflicción de la sangre vertida, la amargura de la profecía, los temores de la huida, las tribulaciones del Niño no encontrado en tres días. Y en otro aspecto, ¿quién podrá medir la altura y la profundidad de sus gozos? Alegría celeste, mensajes angélicos, voces y cánticos de pastores, presencia del Niño, candor de la Madre y amor divino fueron su acompañamiento glorioso. junto al olor, la felicidad de una mirada con destellos de la eterna hermosura. Así se forjan las grandes almas. Para ganar el premio es preciso merecerlo. Y San José se llenó de merecimientos. En su vida se equilibraron la acción y la contemplación. Parco en palabras, fue largo en obras. Le contemplamos en tensión de camino, en tensión de trabajo. Cuando Augusto César dispone el empadronamiento, camina. Cuando Herodes busca a Jesús para matarle, camina. Cuando el ángel le anuncia que retorne, camina. Cuando el Niño se queda en el templo, camina también. Una decisión, un vigor inquebrantable nimba su vida. Siempre alerta en Belén, en Egipto, en la apacible Nazaret, vive cumpliendo su misión de padre adoptivo. ¡Cuántas veces en el silencio de las noches, a la sombra de las palmeras o en las montañas de la verde Galilea, le animaría una voz inefable que le hablaba desde la excelsitud de su reino

¿Y qué decir de la fatiga amarillenta del desierto? Mientras avanzaba entre arenales, con peligro de fieras y de bandidos, huyendo de los lazos de una persecución cruenta, nuevos méritos de incalculable trascendencia se engarzaban en la corona del heroico Patriarca. El desierto que le circundaba tenía su réplica en el desierto interior de los temores de su alma atenta a defender de enemigos la dulce familia que caminaba bajo su tutela. Se ha dicho que no pueden entrar fácilmente en el cielo los que no caminan por este desierto. Muy cerca de la patria eterna debía de sentirse entonces San José. El desierto era la desolación y la congoja. Pero también el impulso y el gozo de la misión bien llevada. En medio de las arenas, a su lado, caminaban dos tesoros. El Santo se veía como rey de una creación nueva. Ante esta contemplación el desierto se le transformaba en un paraíso y los rumores temibles de la noche se le convertían en gorjeos. ¡Qué prodigiosamente sabe Dios llenar de bienaventuranzas las almas que suben por la tribulación hasta los umbrales de su trono!

La leyenda vino a añadir nuevas tintas al cuadro. La imaginación popular, los apócrifos, la devoción de todos los siglos no se limitó a seguir la sencillez de las escenas evangélicas, antes al contrario, acumuló efectos sorprendentes cuyo contenido no hemos de puntualizar. Baste decir que allí donde la Sagrada Familia pasa, el perfume de la leyenda deja su rastro. El naranjo, la palmera, el trigo, el salteador, se humanizan, guardan al Niño, lo defienden en presencia de San José. Los pájaros se enternecen. El agua recibe una virtud nueva. Es el tributo de las criaturas, que quieren, a su modo, agradecer. Al fin y al cabo las más bellas leyendas nacen del amor.

Llegan los últimos años. La vida de San José se desliza en Nazaret con la levedad de una poesía a lo divino, callada, oculta, sin rumores exteriores. Le vimos aparecer en el silencio. Le veremos marcharse en el silencio. ¿Cuándo? Debió de morir antes que Jesús comenzara su predicación, quizá a la edad de setenta años. No vuelve a sonar su nombre ni en Caná, ni en Siquem ni en Cafarnaúm. Tampoco en el Calvario. Probablemente el Hijo quiso llevarse antes de esas horas a su anciano Padre adoptivo, para evitarle el último dolor. Su misión era la de acompañar, sustentar, defender a la Sagrada Familia en los años niños y formativos y la llenó de manera inigualada. Cumplida su obra, sólo le quedaba morir. Morir para nacer. Morir para recibir cuanto antes la palma del triunfo eterno; para inundar de luz sus ojos con la visión beatífica, para anegarse en la divina Sabiduría cuyos celajes había columbrado en la mirada del Niño. ¿Resucitó, como admiten Suárez y San Francisco de Sales, el mismo día que el Salvador? ¿Subió al cielo en cuerpo y alma? Es posible. Pero lo cierto es que, guiado por la sonrisa del Hijo, por la misericordia de la Madre, nos mira, nos alienta, nos guarda como un ángel y nos prepara el gran día en que nuestra alma sabrá definitivamente lo que es nacer.



¡Qué sobreabundancia de caridad, de primores, de cuidado puso Dios al moldear el alma de San José, al crear su cuerpo, al formar aquellas manos de artesano que le iban a sustentar, aquellos brazos que se extremarían en delicadezas al dormirle, aquel entendimiento arrebatado por la consideración de los misterios divinos, aquel corazón que se adelgazaba como una llama en el amor del Niño más hermoso! Dios rodeó con sus misericordias el espíritu y la vida de José. Cuando labraba su alma, cuando tallaba su cuerpo, cuando infundía la luz en la mirada de su nueva criatura, la misericordia velaba allí. Cuando preveía ab aeterno las virtudes del futuro Santo, la misericordia extremaba su obra. Y cuando lo soñaba para esposo de María, para padre adoptivo de su propio Hijo, para guardián de la Sagrada Familia, la misericordia envolvía en luminosidad esta creación portentosa. Era una luz que reflejaba los esplendores de la luz eterna. El Señor le concedió particulares privilegios que bastarían para llenar de admiración el cielo y la tierra. ¿Cómo no acercarnos a él? Como escribe bellamente fray Bernardino de Laredo, las armas de su genealogía son el Niño y la Virgen. Jamás un blasón semejante se había dado ni se podía dar en el mundo.

El Santo Patriarca tiene la gracia de la flor que sabe entregarnos con caridad su aroma. A su lado florece la bondad, arraiga la dulzura, fructifica el sosiego. No es el santo de una época ni de un siglo. Es el Patriarca de todos los milenios, de ayer y de mañana, de hoy y de siembre. Pasa enseñando el valor de la vida remansada. Nos invita a contemplar la belleza de los seres humildes. A su lado nos sentiremos más niños y oiremos de nuevo dentro de nosotros la callada resonancia de un lenguaje aprendido la noche de Belén.

Autor: LUÍS MORALES OLIVER

Fuente.
http://cruzamante-santoral.blogspot.com/2011/03/19-de-marzo-solemnidad-del-patriarca.html

jueves, 10 de marzo de 2011

Correa el satánico: 3ra parte

Otra vez Correa, que no se cansa de deomstrar lo anticristiano (y por tanto satánico) que es, otra vez la fuente es el panfleto correísta llamado "el ciudadano"

http://www.elciudadano.gov.ec/index.php?option=com_content&view=article&id=22129:monsenor-gonzalo-lopez-maranon-condecorado-por-su-trabajo-social-y-defensa-de-los-ddhh&catid=4:social&Itemid=45

El presidente que está acostumbrado a interpretar las leyes como le venga en gana, ahora quiere utilizar el Modus Vivendi, entre la Santa Sede y el Ecuador, para vetar el nombramiento del nuevo obispo de Sucumbios, es muy lamentable que el anterior Obispo Monseñor Gonzalo López Marañón, se preste para actos que dan lecturas dudosas, siendo que el cristiano debe rechazar siempre la adulación, y peor si esta puede ser utilizada contra la Santa Iglesia Católica. Este es otro producto de la teología de la liberación que no es más que un terrible y satánico atentado contra la Santa Iglesia Católica. Me permito citar esta pequeña parte de las palabras del presidente

“No podemos dar la espalda a la realidad, el propio Evangelio dice mansos como palomas, pero astutos como serpientes y sabemos bien lo que se busca hacer, retroceder todo un trabajo social que asusta a cierta jerarquía católica y no lo vamos a permitir”

Las Sagradas Escrituras en boca del Presidente es igual que en la boca del diablo

Evangelio según san Mateo

3.5 Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo,
3.6 y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna."
7 Jesús le dijo: "También está escrito:  No tentarás al Señor tu Dios."

La oposición de Correa al nombramiento del nuevo Obispo de Sucumbios es completamente anticatólica, por oponerse al Romano Pontifice

Aquí la noticia del nombramiento en la agencia de noticias Zenit
http://www.zenit.org/rssspanish-37094


**** Actualización ****
El presidente satánico sigue martillando, le da igual los problemas y peligros que sufre la población ecuatoriana en las zonas afectadas por el oleaje provocado por el terremoto que afectó a Japón el día de ayer, sino que después de ir a su fiesta con sus amigos socialistas, sigue atacando a la Santa Iglesia Católica, este es un extracto de lo que dijo en su cadena sabatina

El mandatario aseguró que la congregación propuesta por el Vaticano es una "secta poco menos que fundamentalista" integrada por "tipos que se visten al estilo medieval, con sotana en plena selva amazónica y que quieren borrar del mapa toda la acción pastoral y social de la Iglesia de Sucumbíos".

Fuente:
http://www.eluniverso.com/2011/03/12/1/1355/correa-amenaza-vetar-nombramiento-obispo-sucumbios.html?p=1354A&m=

miércoles, 9 de marzo de 2011

Inicio de Cuaresma

Génesis 3.19
"Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás"



El Miércoles de Ceniza marca el comienzo de la Cuaresma (hoy) el cual se extiende hasta el Jueves Santo, durante estos cuarenta días, la palabra cuaresma deriva del francés y a su vez del latín "quadragesima" que significa "cuarenta días", o, más literalmente, "el cuadragésimo día"

La sugestiva ceremonia de la ceniza eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios; principio y fin, alfa y omega de nuestra existencia. La conversión no es, en efecto, sino un volver a Dios, valorando las realidades terrenales bajo la luz indefectible de su verdad

Es en la cuaresma donde una vez más Nuestro Señor Jesucristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

El Ayuno, la Penitencia y la Limosna deben ser practicadas, haciéndolo de forma agradable a Dios sin demostrarlo a los demás sin exageraciones y ceremonias que buscan tan solo la adulación, sino, que la obra buena se haga en lo secreto, que "la mano izquierda no se entere lo que hace la derecha"

La Imposición de la Ceniza nos debe recordar la gran pena y dolor que sufrió Nuestro Señor Jesucristo por nuestra salvación, que los hombres somos polvo, y al polvo volveremos, así como también la esperanza en las promesas que Dios nos ha hecho.

Fuentes:
http://ec.aciprensa.com/c/cuaresma.htm
http://www.aciprensa.com/fiestas/cuaresma/cuaresma.htm
http://www.aciprensa.com/fiestas/cuaresma/ceniza.htm
Biblia de Jerusalen