viernes, 8 de marzo de 2013

Viernes 3ra semana de Cuaresma


VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

EVANGELIO 

Continuación del santo Evangelio según S. Juan.
En aquel tiempo fué Jesús a una ciudad de Samaría, que se llama Siquén, junto al campo que dió Jacob a su hijo José. Y estaba allí la fuente de Jacob. Jesús, pues, fatigado del camino, se sentó sobre la fuente. Era casi la hora sexta. Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Díjole Jesús: Dame de beber. (Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar víveres.) Díjole, pues, aquella mujer Samaritana: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una
mujer Samaritana? Porque los judíos no tratan con los samaritanos. Respondió Jesús, y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber: quizás le pidieras tú a Él, y Él te diera agua viva. Díjole la mujer: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo: ¿dónde tienes, pues, el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dió este pozo, y él mismo bebió de él, y sus hijos, y sus ganados? Respondió Jesús, y le dijo: Todo, el que bebe de esta agua, sentirá sed otra vez: mas, él que bebiere del agua que yo le daré, no sentirá sed eternamente: sino que el agua, que yo le daré, se hará en él una fuente de agua que saltará hasta la vida eterna. Díjole la mujer: Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed, ni vuelva más a sacar de aquí. Díjole Jesús: Vete, llama a tu marido, y vuelve aquí. Respondió la mujer, y dijo: No tengo marido. Díjole Jesús: Bien has dicho que no tienes marido, pues has tenido cinco, y el que tienes ahora no es tuyo: has dicho la verdad. Díjole la mujer: Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que es en Jerusalén donde hay que adorarle. Díjole Jesús: Mujer, créeme, ya viene la hora, cuando no adoraréis al Padre ni en este monte, ni en Jerusalén. Vosotros adoráis lo que no sabéis: nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salud viene de los judíos. Pero ya ha llegado la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque el Padre desea adoradores de esta clase, para que le adoren. Dios es espíritu: y, los que le adoran, deben adorarle en espíritu y en verdad. Díjole la mujer: Sé que el Mesías (que se llama Cristo) está para venir. Y, cuando él venga, nos anunciará todas las cosas. Díjole Jesús: Yo soy, que hablo contigo. Y en aquel momento llegaron sus discípulos: y se admiraron de que hablara con una mujer. Sin embargo, nadie le dijo: ¿Qué buscas, o qué hablas con ella? Dejó, pues, su cántaro la mujer, y se fué a la ciudad, y dijo a aquellos hombres: Venid, y ved al hombre que me ha dicho cuanto he hecho: ¿será Él el Cristo? Salieron, pues, de la ciudad, y fueron a Él. Entre tanto, le rogaban los discípulos, diciendo: Rabbí, come. Pero Él les dijo: Yo tengo para comer un manjar que vosotros no conocéis. Se decían, pues, los discípulos entre sí: ¿Acaso le ha traído alguien de comer? Díjoles Jesús: Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado, y cumplir su obra. ¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Alzad los ojos, y ved los campos: ya están blancos para la siega. Y, el que siega, recibe jornal, y recoge el fruto para la vida eterna: para que se alegren el que siembra y el que siega. Aquí es verdad aquel dicho: Uno es el que siembra, y otro el que siega. Porque yo os he enviado a segar lo que vosotros no trabajásteis: otros lo trabajaron, y vosotros habéis entrado en sus labores. Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él, por lo que les había contado la mujer, al decirles: Me ha dicho cuanto he hecho. Viniendo, pues, los samaritanos a Él, le rogaron que quedase allí. Y quedó allí dos días. Y muchos otros creyeron en Él por su misma palabra. Y decían a la mujer: Ya no creemos por tu dicho: pues nosotros mismos hemos oído, y sabemos que éste es ciertamente el Salvador del mundo.

JESÚS EN EL POZO DE JACOB.- El relato evangélico cuenta que el hijo de Dios viene personalmente a continuar el misterio de Moisés, como lo demuestra la revelación que hizo a la Samaritana, representante de la gentilidad, del misterio del agua que da la vida eterna; también hoy encontramos este tema plasmado en las pinturas murales de las catacumbas y los bajorrelieves de los sarcófagos cristianos de los siglos IV y V. Meditemos pues esta historia, donde todo nos habla de la misericordia del Redentor. Jesús se siente cansado del camino que acaba de recorrer; Él, el Hijo de Dios, quien creó el mundo con una sola palabra, se ha fatigado buscando a sus ovejas. Consideradle obligado a sentarse para aliviar sus fatigados miembros; y lo hace junto al brocal de un pozo, próximo a una fuente. Encuentra a una mujer que sólo conoce el agua material. Jesús quiere darla a conocer un agua mucho más preciosa. Comienza por comunicarla la fatiga que le abruma, la sed que le devora. Dame de beber, le dice; pocos días después dirá en la Cruz; tengo sed. Para llegar a comprender bien la gracia del Redentor hay que haberle conocido primero en sus sufrimientos.
EL AGUA VIVA.- Poco después ya no es Jesús quien pide agua; él mismo la ofrece y un agua que quita la sed para siempre, un agua con que apagaremos nuestra sed, incluso en la otra vida. La mujer desea beber esta agua; desconoce todavía quien es el que le habla y ya da crédito a sus palabras. Esta idólatra demuestra más fe que los mismos judíos; no obstante sabe que quien la dirige la palabra pertenece a una nación que la desprecia. La acogida que hace al Salvador la merece nuevas gracias. Comienza por experimentarlo. Vete, le dice, llama a tu marido y vuelve aquí. Esta infeliz no tenía un marido legítimo; Jesús quiere que lo diga ella misma. No anda con rodeos; y el haberle revelado su falta vergonzosa es motivo de que le reconozca por un profeta. Su humildad será recompensada y saciará su sed de las fuentes de agua viva. De igual modo se sometió el pueblo gentil a la predicación de los apóstoles que venían a revelar a estos hombres despreciados, la gravedad del mal y la santidad de Dios; y lejos de rechazarlos les encontraban dóciles, dispuestos para todo. La fe de Jesucristo necesitaba mártires; los hubo en masa en las primeras generaciones arrebatadas al paganismo y a todos sus desórdenes. Jesús, viendo esta sencillez en la Samaritana, piensa compadecido que ha llegado el tiempo de revelársele. Notifica a esta pobre pecadora que ha llegado el momento en que los hombres adorarán a Dios en toda la tierra; que ha venido el Mesías y que él mismo es el Mesías. Así es de delicada la divina condescendencia del Salvador con un alma dócil; se le manifiesta totalmente. Entre tanto llegan los Apóstoles; pero tienen muy metido todavía el nacionalismo israelita para comprender la misericordia que ha tenido su Maestro con esta samaritana; no obstante está muy próxima la hora en que ellos mismos dirán con San Pablo: "No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o mujer porque todos sois uno solo en Cristo Jesús".

APÓSTOL Y MÁRTIR.- Entretanto la mujer de Samaria impulsada por un fuego celestial se convierte ella misma en apóstol. Deja su cántaro junto al brocal del pozo; a sus ojos el agua material no tiene ningún valor, una vez que el Salvador la ha dado a beber su agua viva; vuelve a la ciudad y ahora es para predicar a Jesucristo, para llevar a sus pies, si pudiera, a todos los habitantes de Samaría. Humildemente, prueba la grandeza de su profeta con la revelación que la acaba de hacer de los desórdenes en que ha vivido hasta hoy. Estos paganos despreciados, que causaban horror a los judíos, corren al pozo en donde se halla Jesús conversando con sus discípulos de la mies próxima; honran en él al Mesías, al Salvador del mundo; y Jesús se complace en quedarse dos días en esta ciudad, en que reinaba la idolatría mezclada con algunos restos de las observancias judaicas. La tradición cristiana ha conservado el nombre de esta mujer, que después de los reyes magos es una de las primicias del nuevo pueblo; se llamaba Fotina y dió su sangre por aquel que se le había dado a conocer junto al brocal del pozo de Jacob. La Iglesia honra cada año su memoria en el Martirologio romano el 20 de marzo.

ORACION
Humillad vuestras cabezas a Dios. Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que confiamos en tu protección, venzamos, con tu ayuda, todas nuestras adversidades. Por el Señor.