domingo, 2 de mayo de 2010

Ejemplo I de la intercesión de la Santísima Madre de Dios

Conversión de una pecadora llamada María en la hora de la muerte



Se narra en la vida de sor Catalina de San Agustín que en el lugar donde se hallaba esta sierva del Señor, vivía una mujer llamada María, quien en su juventud había sido pecadora y una vez llegada a la vejez seguía obstinada en su perversidad. De suerte que, arrojada de su ciudad, y obligada a vivir en una gruta fuera de su región, murió en la miseria más completa, abandonada de todos y sin sacramentos, por lo que fue sepultada en el campo como un animal. Sor Catalina que acostumbraba encomendar a Dios con gran fervor las almas de los que pasaban a la otra vida, después de haber sabido la muerte desdichada de aquella pobre vieja, ni siquiera pensó en orar por ella, considerándola, como todos la creían, ya condenada.

Cierto día, pasados ya cuatro años, se le presentó un alma del purgatorio, que le dijo:
Sor Catalina, ¡que triste suerte la mía! Tú encomiendas a Dios a todos los que mueren, ¿sólo de mi alma no tienes compasión?
¿Y quién eres?, preguntó la sierva de Dios.
Soy, respondió, la pobre María que murió en la gruta.
Y ¿Cómo te salvaste? replicó sor Catalina.
Si, estoy salvada, repuso, por la misericordia de la Virgen María.
Pero. ¿cómo?
Cuando me sentí cercana a la muerte, al verme tan llena de pecados y abandonada de todos, me dirigí a la Madre de Dios y le dijé: Señora, tu eres refugio de los abandonados. Ahora, yo, me hallo abandonada de todos; tú eres mi única esperanza; solo tú me puedes ayudar, ten piedad de mí. Entonces la Santísima Virgen me obtuo un acto de contrición, morí y me salvé. Y, ahora mi Reina me alcanzó la gracia de abreviar mi castigo, haciéndome padecer más intensamente lo que debería haber purgado durante muchos años. Necesito sólo algunas misas para salir del purgatorio. Haz que las celebren por mí. Te prometo que después oraré especialmente a Dios y a María por tí.

Sor Catalina le hizo celebrar las misas inmediatamente, a los pocos días, se le apareció una vez más aquella alma, más resplandeciente que el sol, y le dijo:

Gracias, Catalina, me voy al paraiso a cantar las misericordias de mi Dios y a orar por tí



Fuente:
Las Glorias de María. Autor: San Alfonso María de Ligorio