lunes, 31 de mayo de 2010

Oración a la Santísima Virgen XVI



¡Gran Madre de mi Señor!, veo que la ingratitud
que por tantos años he tenido
para con Dios y contigo
merecería que dejes de cuidar de mí;
porque el ingrato no merece beneficios.
Pero, yo, Señora,
tengo un gran concepto de tu bondad:
sé que es mucho mayor que mis pecados.
Sigue, pues, refugio de los pecadores,
no dejes de socorrer
a un infeliz pecador que en ti confía.
Madre de misericordia, extiende tu mano
y levanta a un pobre caído que implora compasión.
Oh María, defiéndeme o dime a quién puedo acudir
que me defienda mejor que tú.
Pero, ¿dónde encontrar ante Dios una abogada
más compasiva y poderosa
que tú que eres su Madre?



Siendo tú la Madre del Salvador,
has nacido para salvar a los pecadores,
y me has sido dada para mi salvación.
¡Oh María, salva a quien acude a ti!
No merezco tu amor, pero el deseo
que tienes de salvar a los ya perdidos,
me hace esperar que me ames todavía.
Y ¿cómo perderme, si me amas?
Madre mía querida,
si me salvo por ti, como lo espero,
no volveré a ser ingrato contigo;
compensaré con perpetua alabanza
y con todo el cariño de mi alma
mi anterior indiferencia
y el amor que me has tenido.
En el cielo donde reinas y reinarás eternamente,
cantaré feliz tus misericordias
y eternamente besaré tus manos amorosas
que me han librado del infierno,
cuantas veces lo merecí por mis pecados.
¡Oh María, mi libertadora, mi esperanza,
mi reina, mi abogada y madre mía;
yo te amo, te quiero y deseo amarte siempre.
Amén, amén. Así lo espero, así sea



Fuente:
Libro: Las Glorias de María
Autor: San Alfonso María de Ligorio