sábado, 8 de mayo de 2010

Ejemplo IV de la intercesión de la Santísima Madre de Dios

Narra el Belovancense que en la ciudad de Radolf, en Inglaterra, en el año de 1430, vivía un joven llamado Ernesto. Distribuyó a los pobres todo su patrimonio y entró de monje en un monasterio en el que llevaba una vida tan perfecta, que los superiores lo estimaban mucho, en particular por la especial devoción que tenía a la Santísima Virgen.



Aconteció que la peste atacó esa ciudad. La gente acudió al monasterio en demanda de oraciones. El Abad ordenó a Ernesto que fuera a orar ante el altar de María y no se apartara de allí, hasta que Nuestra Señora le diera respuesta. Después de tres días, el joven recibió respuesta de María quien indicaba algunas oraciones que debían recitar; así se hizo y cesó la peste.

Pero sucedió que aquel joven se enfrió en la devoción a María. El demonio lo asaltó con numerosas tentaciones; especialmente de impureza y de escapar del monasterio. Y el infeliz, por no haberse encomendado a María, ya había resuelto escapar a todo lanzándose desde una de las murallas del monasterio. Pero, al pasar delante de la imagen de María que estaba en el corredor, la Madre de Dios le dirigió la palabra y le dijo:

Hijo mío, ¿por qué me has abandonado?
Ernesto desconcertado y pesaroso respondió:
Pero, Señora, ¿no ves que no puedo resistir más? ¿Por que no me ayudas tú?
Y Nuestra Señora, replicó:
Y tú, ¿por que no me invocas? Si te hubieras encomendado a mí, no te verías reducido a esta situación. De hoy en adelante, encomiéndate a mí, y no dudes.



Regresó Ernesto a su celda. Y volvieron también las tentaciones. Pero él no atendió la recomendación de María. De suerte que finalmente huyó del monasterio y se entregó a una pésima vida, hasta volverse asesino. Tomó en arriendo una hospedería, donde durante la noche daba muerte a los pobres pasajeros y los despojaba de sus pertenencias. Entre éstos dio muerte una noche al primo del gobernador de ese lugar, y este, por las señales recogidas durante el proceso, lo condenó a la horca.

Pero durante el proceso, llegó a la hospedería un caballero joven. El hospedero siguiendo su costumbre, entro durante la noche en su alcoba para asesinarlo. Pero ¡atención! Sobre el lecho no ve al caballero sino un Crucifijo cubierto de llagas que mirándolo compasivamente, le dijo:

¿No te basta, ingrato, con que yo haya muerto una vez por tí? ¿Quieres darme muerte una vez mas? !Adelante! Extiende la mano y dame la muerte otra vez
Confundido el pobre Ernesto comenzó a llorar y entre lágrimas dijo:
Señor, aquí estoy. Ya que tienes tanta misericordia conmigo, quiero volver a ti.



Partió en seguida para el monasterio. Pero lo encontraron los ministros de la justicia y lo condujeron al juez, ante lo cual confesó todos los asesinatos cometidos. Por ello fue condenado a morir en la horca, sin darle siquiera tiempo de confesarse. Entonces se encomendó a María. Lo colgaron en la horca, pero la Virgen logró que no muriera y ella misma lo descolgó y le dijo:
Vuelve al monasterio, haz penitencia, y cuando veas en mis manos la esquela del perdón de tus pecados, prepárate para morir
Regresó Ernesto, lo contó todo al abad, e hizo rigurosa penitencia. Después de muchos años, vio en manos de María la esquela del perdón; en seguida se preparó a la muerte y murió santamente