sábado, 15 de mayo de 2010

Oración a la Santísima Virgen VIII


Madre mía dulcísima
¿cuál será la muerte de este pobre pecador?
Desde ahora, pensando en ese gran momento
en que voy a expirar y tenga que presentarme
ante el tribunal divino,
y recordando que tantas veces he escrito
con mi perversa conducta
la sentencia de condenación
tiemblo, me confundo y temo
por mi salvación eterna.
Oh María, en la sangre de Jesús
y en tu intercesión pongo mis esperanzas.
Eres la Reina del cielo y señora del universo;
basta saber que eres la Madre de Dios.
Eres tan excelsa, pero esto no te deja
sino que te inclina
a tener más compasión de nuestras miserias.
Los amigos según el mundo,
al ser elevados a alguna dignidad
se alejan y desdeñan volver a mirar
a sus antiguos amigos desafortunados.
Tu noble y amoroso corazón no actúa así;
donde descubre mayores miserias,
acude a llevar socorro.
Si te invocamos, acudes al momento a socorrernos;
incluso te adelantas a nuestras peticiones.
Tú nos consuelas en nuestros desalientos,
apaciguas nuestras tempestades,
derrotas a nuestros enemigos,
en una palabra, no desaprovechas ocasión
de procurar nuestro bien.
Sea por siempre bendita la mano divina
que unió en ti tanta majestad y tanta ternura
tanta grandeza y tanto amor.
Doy por siempre gracias al Señor y me felicito,
por que en tu felicidad colocó la mía
y mi suerte depende de la tuya.
Oh consuelo de los afligidos,
consuela al afligido que a ti acude.
Me afligen los remordimientos de conciencia
cargada por tantos y tantos pecados
y no sé si los he llorado suficientemente;
veo todas mis acciones
llenas de fango y de defectos;
el infierno aguarda mi muerte para acusarme,
la justicia divina ofendida exige satisfacción.
¡Madre mía!, ¿qué será de mí?
Si no me ayudas estoy perdido.
¿Qué dices? ¿Me ayudarás?
¡Oh Virgen compasiva, consuélame!
Alcánzame el verdadero dolor de mis pecados;
alcánzame la fuerza de enmendarme
y de mantenerme fiel a Dios el resto de mi vida.
Y cuando me halle en la angustia
postrera de la muerte,
oh María, esperanza mía, no me abandones;
asísteme y confórtame a fin de que no me desespere
a la vista de mis culpas que el demonio
pondrá ante mis ojos.
Señora, perdona mi osadía,
acude a consolarme con tu sola presencia.
Has concedido a muchos esta gracia;
también yo te la pido.
Si mi osadía es tan grande, mayor es tu bondad,
que busca a los más miserables para consolarlos.
En tu bondad confío.
Redunde para ti en gloria eterna
el haber liberado del infierno
a un pobre condenado
y haberlo llevado a tu reino,
donde espero el consuelo de estar siempre
a tus pies dándote gracias,
bendiciéndote y amándote eternamente.
Espero en ti, María
no me dejes frustrado en mi esperanza.
Amén, amén