jueves, 20 de mayo de 2010

Ejemplo X de la intercesión de la Santísima Madre de Dios


San Francisco de Sales experimentó maravillosamente la eficacia de esta oración (1), como se narra en su biografía. Tenía el santo unos diecisiete años y se encontraba entonces en París, dedicado al estudio y consagrado totalmente a la devoción y al santo amor de Dios, que lo inundaba con sublimes delicias celestiales. El Señor para probarlo mejor y atarlo más a su amor, permitió que el demonio le hiciera ver que todo lo que hacía era perdido porque Dios en sus divinos decretos lo reprobaba. La oscuridad y aridez en que Dios quiso dejarlo al mismo tiempo, pues no sentía el menor gusto en los pensamientos más dulces de la divina bondad, hicieron que la tentación alcanzara más y más fuerza para afligir el corazón del santo joven, que a causa de tales temores y desolaciones perdió el apetito, el sueño, el color y la alegría, hasta el punto de mover a compasión a cuantos lo observaban.

Mientras duraba esta terrible tormenta, el santo no lograba tener pensamientos ni pronunciar palabras que no fueran de dolor y desconfianza. Así, pues, decía (como refiere en su biografía) ¿voy a estar privado de la gracia de mi Dios que en el pasado se mostró tan suave y amable conmigo? ¡Oh amor!, ¡oh belleza!, a los que he consagrado todos mis afectos, ¿no volveré a gozar de sus consuelos? ¡Oh Virgen, Madre de Dios, la más hermosa de todas las hijas de Jerusalén, ¿no podré contemplarte en el paraíso? ¡Ah!, Señora, si no puedo ver tu hermoso semblante, permite, por lo menos, que no tenga que blasfemar de ti y maldecirte en el infierno.

Estos eran entonces los sentimientos de este corazón afligido y enamorado de Dios y de la Virgen. La tentación duró un mes. Pero finalmente quiso el Señor librarlo de ella por medio de la consoladora del mundo, María Santísima, a quien el santo había consagrado ya antes de su virginidad y en quien decía haber colocado todas sus esperanzas.

Entre tanto, mientras cierta tarde se retiraba de casa, entró en una iglesia donde vio una tablilla colgada en la pared. Leyó y encontró la siguiente oración de San Agustín: "Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que alguien haya acudido a tu patrocinio y haya sido abandonado"
Y postrado ante el altar de la divina Madre recitó con afecto esa oración, le renovó el voto de virginidad, prometió recitarle diariamente el rosario, y añadió: "Reina mía, se mi abogada ante tu Hijo, a quien no me atrevo a acudir. Madre mía, si yo infeliz, en el otro mundo no puedo amar al Señor, sabiendo que es tan digno de ser amado, concédeme que lo ame, al menos en este mundo, todo cuanto pueda. Es la gracia que te pido y espero alcanzar de ti"

Fue su oración y se abandonó totalmente en brazos de la misericordia divina, resignándose enteramente a la voluntad de Dios. Más apenas terminada la oración, miró que, en un abrir y cerrar de ojos, su dulcísima Madre lo libró de la tentación; recobró al momento la paz interior, y siguió viviendo como devotísimo de María, cuyas alabanzas y misericordias no dejó de publicar durante toda su vida, con la predicación y los libros que escribió.

Fuente:
Libro: Las Glorias de María
Autor: San Alfonso María de Ligorio



(1) oración de San Agustín
"Acuérdate, clementísima Señora, que jamás se ha oído desde el comienzo del mundo, que hayas abandonado a alguien. Perdonáme, por tanto, si te digo que no quiero ser ese primer desafortunado, que al acudir a ti, tenga la desgracia de verse abandonado.