viernes, 28 de mayo de 2010

Ejemplo XIV de la intercesión de la Santísima Madre de Dios



Narra el P. Razzi, camaldulense, que cierto joven, al morir su padre, fue enviado por su madre a la corte de un príncipe. Pero la madre, muy devota de María, le hizo prometer, al despedirse, que le recitaría todos los días un Avemaría a la Virgen, añadiendo al final estas palabras: Virgen bendita, ayúdame en la hora de la muerte.

Tras llegar a la corte, el joven se volvió tan disoluto con el correr del tiempo, que el año se vio obligado a despedirlo. Desesperado, sin saber como vivir, se hizo salteador de caminos. No dejaba, sin embargo, de encomendarse a la Virgen como su madre le había dicho. Finalmente lo apresó la justicia y lo condenaron a muerte.

Hallándose encarcelado para ser ajusticiado al día siguiente, pensando en su deshonra, en el dolor de su madre y en la muerte que le esperaba, lloraba inconsolablemente. El demonio viéndolo, oprimido por terrible melancolía, se le apareció bajo la forma de un hermoso joven y le dijo que lo libraría de la muerte y de la cárcel, si hacía lo que le iba a pedir. El condenado se ofreció a hacerlo todo. Entonces el falso joven le manifestó que era el demonio que acudía en ayuda suya. En primer lugar quería que renegara de Jesucristo y de los santos sacramentos. El muchacho consintió en ello. Le exigió, además que renegara de la Virgen María y renunciara a su protección. El joven le respondió:
¡Esto, jamás! Y dirigiéndose a María, le repitió la acostumbrada oración que le había enseñado su madre: Virgen bendita, ayúdame en la hora de la muerte.

A estas palabras, el demonio desapareció. Pero el muchacho quedó lleno de aflicción por haberse atrevido a renegar de Jesucristo. Acudiendo sin embargo, a la Virgen Santísima, ella le alcanzó el perdón de todos los pecados. Se confesó entre copiosas lágrimas y patente contrición.

De camino al patíbulo, encontrose con una estatua de la Virgen; la saludó con la plegaria acostumbrada: "Virgen bendita, ayúdame en la hora de la muerte". La estatua, a la vista de todos, inclinó la cabeza y le devolvió el saludo. Enternecido él, imploró la gracia de poder besar los pies de aquella imagen. Los guardias se oponían pero, al fin ante el murmullo de la multitud, se lo concedieron. Se inclinó el joven a besar el pie de la Virgen, y ella extendió el brazo y lo tomó de la mano, sosteniéndolo tan fuertemente que no fue posible soltarlo. Ante este prodigio, comenzaron todos a gritar: ¡perdón!, ¡perdón!
Y le concedieron el perdón. Volvió el muchacho a su patria y se dedicó a una vida ejemplar, siendo devotísimo de la Virgen, que lo había librado de la muerte temporal y eterna



Fuente:
Libro: Las Glorias de María
Autor: San Alfonso María de Ligorio