sábado, 22 de mayo de 2010

Ejemplo XI de la intercesión de la Santísima Madre de Dios



Vivía en Reischersperd el canónigo regular Arnoldo, muy devoto de la Santísima Virgen. Hallándose al borde de la muerte, recibió los sacramenteos, y después de llamar a sus religiosos les pidió que no lo abandonaran en aquél último trance. Apenas había dicho esto cuando todo en presencia de ellos comenzó a temblar, entornó él los ojos y lo inundó un sudor frío. Dijo entonces con temblorosa voz: ¿No ven esos demonios que quieren arrastrarme al infierno? Luego gritó:

Hermanos míos, invoquen en favor mío la ayuda de María; confío en que ella me dará la victoria.

A esas palabras recitaron las letanías de Nuestra Señora y, al decir Santa María, ruega por él, intervino el moribundo:

Repitan, repitan el nombre de María porque ya estoy en el tribunal de Dios. Se detuvo un momento y añadió:

Es cierto que lo cometí, pero hice penitencia. Y volviéndose a la Virgen, dijo:

Oh María, seré librado si me ayudas.



En seguida los demonios le hicieron otro asalto, pero él se defendía haciendo la señal de la cruz con un Crucifijo e invocando a María. Así transcurrió toda aquella noche. Finalmente, al llegar la mañana, Arnoldo exclamó con alegría:

María, Señora y refugio mío, me has alcanzado el perdón y la salvación. Volviéndo los ojos a la Virgen qu elo invitaba a seguirla, dijo:

Ya voy, Señora, ya voy. Y tratando de incorporarse, no pudiendo seguirla con el cuerpo, expiró dulcemente, y la siguió, como esperamos, con el alma, al reino de la gloria feliz.



Fuente:
Libro: Las Glorias de María
Autor: San Alfonso María de Ligorio