martes, 18 de mayo de 2010

Ejemplo IX de la intercesión de la Santísima Madre de Dios


Refiere el beato Juan Herolt, que se llamaba a sí mismo, por humildad, el discípulo, que había un hombre casado, viviendo en desgracia de Dios. Su esposa, mujer de bien, no pudiendo comprometerlo a dejar el pecado, le pidió que, al menos, en su miserable situación tuviera para con la Madre de Dios la devoción de saludarla con el Avemaría cada vez que pasara por delante de una imagen suya.

Cierta noche, yendo aquel desalmado a pecar, vio una luz, se detuvo a mirar y se dio cuenta de que era una lámpara ardiendo ante una imagen de María que llevaba en sus brazos al Niño Jesús. Dijo, como de costumbre el Avemaría. Pero en seguida vio al niño todo cubierto de llagas, de las cuales manaba sangre fresca. Aterrado y enternecido a la vez, considerando que con sus pecados había herido así a su propio Redentor, empezó a llorar. Pero el niño le volvía la espalda. De manera que lleno de confusión acudió a la Virgen María diciéndole: "Madre de misericordia, tu Hijo me rechaza. No puedo encontrar abogada más compasiva y poderosa que tú que eres su Madre. Reina mía, ayúdame; ruégale en nombre mío". La divina Madre le respondió desde aquella imagen: "Ustedes los pecadores, me llaman Madre de misericordia, pero luego no dejan de hacerme madre de miseria, renovándole la Pasión a mi Hijo, y a mi, los dolores".




Pero dado que María no sabe despedir desconsolado a quien acude a ella, se volvió a pedir a su Hijo que perdonara a aquel miserable, Jesús seguía mostrándose renuente a darle el perdón. Pero la Santísima Virgen, dejando al Niño en el nicho, se postró ante él diciendo: "Hijo, no me aparto de tus pies, si no perdonas a este pecador". Madre, respondió entonces Jesús, no puedo negarte nada, ¿quieres que sea perdonado? Pues, por tu amor, lo perdono. Haz que venga a besar mis llagas. Acudió el pecador llorando copiosamente y, a medida que besaba las llagas del Niño, éstas se iban cerrando. Por último, Jesús lo abrazó en señal de perdón. El hombre cambió de vida y desde entonces se dedicó a la santidad viviendo enamorado de la Santísima Virgen, quien le había alcanzado una gracia tan insigne.

Fuente:
Libro: Las Glorias de María
Autor: San Alfonso María de Ligorio