miércoles, 5 de mayo de 2010

Oración a la Santísima Virgen III

Madre mía santísima, ¿cómo es posible
que teniendo yo una Madre tan santa
sea tan pecador?
¿una Madre que arde toda en amor hacia Dios,
tenga yo que amar a las criaturas?
¿una Madre tan rica de virtudes
sea yo de ellas tan pobre?



¡Oh Madre mía amabilísima!
es cierto que no merezco ser su hijo
porque con mi mala vida
me he hecho demasiado indigno.
Me contento con que me aceptes como siervo,
y para que me admitas
entre tus más ruines servidores
estoy pronto a renunciar
a todos los reinos de la tierra.
Si, me contento,
pero a pesar de todo, no me prohíbas
llamarte madre mía

Este solo nombre colma mis alegrías,
me enternece y recuerda
la obligación de amarte.
Cuanto más me aterran mis pecados
y la justicia de Dios,
tanto más me conforta
el pensar que eres mi madre.
Permíteme, pues, decirte:
Madre mía, madre mía amabilísima.
Así te llamo y así quiero llamarte.



Después de Dios,
tú tienes que ser siempre mi esperanza,
mi refugio y mi amor en este valle de lágrimas.
Así espero morir;
entregando, en el postrer momento,
mi alma entre tus manos santas y exclamando:
Madre mía, madre mía, oh María;
sé mi socorro y ten piedad de mí.

Amén