domingo, 16 de mayo de 2010

Ejemplo VIII de la intercesión de la Santísima Madre de Dios



Se refiere en la cuarta parte del Tesoro del Rosario, el milagro 85, un caballero devotísimo de la Madre de Dios, había construido en su palacio un pequeño oratorio, donde ante una hermosa imagen de María, solía a menudo entretenerse orando, no sólo de día sino también de noche, interrumpiendo el descanso para ir a honrar a su amada Señora.

Ahora bien, la esposa, pues era casado, dama por lo demás de mucha piedad, al observar que su marido con el mayor silencio de la casa se levantaba del lecho y salía de la alcoba para volver sólo después de largo tiempo, entró en celos y sospechaba de algo malo. De suerte que cierto día, para librarse de la espina que la atormentaba, se atrevió a preguntarle al esposo si amaba a otra mujer fuera de ella. El caballero le respondió sonriendo: Pues sabed que amo a una señora que es la más amable del mundo. Le he entregado todo mi corazón; y prefiero morir antes que dejar de amarla. Si la conocieras, tú misma me dirías que la ame más de cuanto ahora la amo. Dejaba entender que se trataba de la Santísima Virgen a quien amaba tan tiernamente. Pero la esposa, entrando entonces en mayores sospechas, para conocer la verdad, le preguntó de nuevo, si para encontrarse con ella se levantaba del lecho cada noche y salía de la alcoba. El caballero que no sabía la terrible angustia de su mujer, respondió que sí, Entonces la dama imaginando falsamente lo que no era verdad y ciega de pasión, ¿qué hizo? Cierta noche, en que el marido salió de la alcoba como de costumbre, por desesperación tomó un cuchillo, se cortó la garganta y murió poco después.



El caballero tras cumplir con sus devociones, volvió a la alcoba, y al entrar en el lecho lo encontró humedecido. Llama a su mujer que no le responde. La sacude y ella no se mueve. Enciende finalmente la luz y ve el lecho lleno de sangre y a la mujer muerta con la herida en la garganta. Se dio cuenta entonces de que la mujer se había matado por celos ¿Qué hizo? Cerró con llave la alcoba y volviendo a la capilla se postró ante la Santísima Virgen y llorando desconsoladamente comenzó a decir: Madre mía, ves en qué aflicción me encuentro. Si no me consuelas, ¿a quién voy a acudir? Piensa que por venir a honrarte, he sufrido la desgracia de hallar muerta y condenada a mi esposa. Madre mía, tú que todo lo puedes todo remédialo.



¿Hay quien ore confiadamente a esta madre misericordiosa, sin alcanzar lo que pide?
Pues mira que, tras hacer esta oración, oye que le llama una sirvienta de la casa: Señor suba a su alcoba que la señora lo llama. El caballero no logra creerlo a causa de la alegría. Regresa, le dice a la doncella mire bien a ver si ella me necesita realmente. Sí, volvió diciendo la sirvienta, vaya pronto que la señora lo está esperando. Va, abre la alcoba, y encuentra viva a la esposa, que le pide perdón diciendo: ¡Ah!, ¡esposo mío, la Madre de Dios gracias a tus oraciones me ha librado del infierno! Así, llorando ambos de alegría corrieron a dar las gracias en el oratorio a la Santísima Virgen. A la mañana siguiente el marido dio un banquete a todos los parientes, a quienes hizo que la misma mujer, que aún conservaba la señal de la herida, narrara lo sucedido. Y todos se inflamaron más en la devoción a la divina Madre.

Fuente:
Libro: Las Glorias de María
Autor: San Alfonso María de Ligorio