jueves, 6 de mayo de 2010

Ejemplo III de la intercesión de la Santísima Madre de Dios

Narra el padre Auriemma que una pobre pastorcita amaba tanto a María, que todas sus delicias eran correr a una capillita de Nuestra Señora, situada en lo alto de la montaña. Mientras las ovejas pastaban, ella se retiraba allí a hablar con su querida Madre y rendirle honores. Viendo que la imagen de María se hallaba muy deteriorada, comenzó con el humilde esfuerzo de sus manos a tejerle un manto. Cierto día tras recoger en el campo algunas flores, arregló una guirnalda, subió al altar de la capilla y la colocó en la cabeza de la imagen, diciendo:

"Madre mía, quisiera ponerte en la cabeza una corona de oro y pedrería. Pero soy pobre; recibe pues, de mí esta pobre corona de flores. Acéptala como prueba del amor que te profeso"



En esa forma y con otros obsequios trataba aquella piadosa doncella de servir y honrar a su amada Señora.

Veamos ahora como recompensó esta bondadosa Madre las visitas y el amor de aquella hija suya:

Cayó enferma la pastorcita y se vio al borde de la muerte. Aconteció que dos religiosos pasaran por aquella región y, fatigados del viaje, se pusieron a descansar bajo un árbol. El uno dormía, el otro velaba. Pero tuvieron la misma visión. Vieron un grupo de bellísimas doncellas, entre las cuales había una que las aventajaba a todas en belleza y majestad. Uno de ellos le preguntó a ésta:

"Señora ¿quién eres?"

"Yo soy la Madre de Dios" respondió. "Voy con estas santas vírgenes a visitar en el pueblo vecino a una pastorcita moribunda que me visitó muchas veces". Dicho esto, desaparecieron.

Los dos siervos de Dios se dijeron entonces: vamos a verla nosotros también. Se pusieron en camino y luego de encontrar la casa donde estaba la doncella moribunda, entraron en un humilde tugurio; allí la encontraron acostada sobre un poco de paja. Díjoles ella:

"Hermanos, oren al Señor, para que les permita ver la compañía que me asiste".

Se arrodillaron al momento y vieron que María estaba al lado de la moribunda con una corona en la mano y la consolaba. Aquellas santas doncellas comenzaron a cantar y entre los arpegios de este dulce canto se separó del cuerpo aquella alma bendita. María le colocó en la cabeza la corona y tomando el alma consigo se la llevó al paraíso.